Plural de la palabra graffito,
significa “inscripción” o “garabato” en el idioma italiano, de donde
proviene. En el diccionario de la Real Academia Española se acepta sólo
la palabra grafito, que en algunas de sus acepciones la
define como “escrito o dibujo hecho a mano por los antiguos en los
monumentos”, o como “letrero o dibujo grabado o escrito en las paredes u
otras superficies resistentes, de carácter popular y ocasional, sin
trascendencia”.(1)
Originariamente, el término graffiti fue utilizado para designar a las
inscripciones y dibujos encontrados en la antigua arquitectura romana,
especialmente las localizadas en la ciudad de Pompeya, que suman miles y
datan de la época en que la ciudad era morada de descanso y
esparcimiento de las clases privilegiadas del imperio.
Pero el graffiti evoca además una actividad muy primitiva, que se remonta a los primeros trazos del homo sapiens
en las paredes de las cavernas que le servían como morada y refugio.
Desde entonces la humanidad no ha cesado de imprimir su huella y rastro
en las paredes, lo que representa un encuentro de lo perenne y lo
efímero, en el que el cuerpo marca su huella en un material o soporte
destinado a perpetuarla. Como forma expresiva, el graffiti conserva la
huella de ese gesto primitivo, anticipador de dos actividades
emparentadas y a la vez distintas: la escritura y la pintura.
La epigrafía se ha encargado de estudiar
las inscripciones provenientes de las culturas antiguas y abarca
diversidad de datos, desde los contenidos en monumentos públicos,
murales, estelas, lápidas, objetos ornamentales y rituales o cotidianos
como vasijas y sellos, hasta el graffiti propiamente dicho, que sin
embargo ha sido considerado como una forma de expresión popular e
intrascendente, por su carácter casual y espontáneo, que generalmente
refiere información de tipo contestatario, anónima, sicalíptica y que,
por lo mismo, apenas atrae el interés de los historiadores.
Los antiguos romanos han sido
calificados por algunos estudiosos como “graffiteros” incurables, dado
que se han conservado infinidad de sus testimonios gráficos no sólo en
Pompeya, sino también en el Domus Aurea del emperador Nerón en Roma, en
la mansión de Adriano en el Tívoli, e inclusive en las pirámides de
Egipto, en donde los soldados imperiales no resistieron la tentación de
imprimir la huella de su paso. El valor testimonial de los graffiti
pompeyanos en cuanto a la cultura, la lengua y la vida cotidiana de la
época es incalculable, al estar compuestos lo mismo por mensajes
verbales que icónicos, en frases sueltas, versos, dibujos y en
combinación de imagen y escritura. Por su contenido, incluyen los más
diversos tópicos: las cualidades eróticas de soldados y gladiadores,
críticas a los candidatos a las elecciones, ofrendas y súplicas a
Venus, propaganda de los juegos, declaraciones de amor, anécdotas
varias, injurias e insultos, comentarios ingeniosos u obscenos,
propaganda y tarifa de prostitutas, versos, representaciones fálicas,
etcétera. Un ejemplo de esos graffiti es rescatado y traducido por
Pedro Pablo Funari, en el que se lee: “Floronio, semental y soldado de
la séptima legión, estuvo aquí, en este bar, y las mujeres no lo
percibieron… pero ellas eran sólo seis, por lo cual, pocas para este
macho”.(2)
En otras latitudes y contextos, ya no
tan lejanos pero ilustrativos para el propósito de este estudio, Bernal
Díaz del Castillo ejemplifica también la acción graffitera de los
militares subalternos de Hernán Cortés, después de haber conquistado y
sometido a la ciudad de Tenochtitlan en 1521. Descontentos por la paga
recibida con motivo de esa acción, los soldados arremetieron de manera
anónima sobre las paredes de la morada de su general. Nos relata el
cronista Díaz del Castillo:
Como Cortés vivía en Coyoacán en un palacio que tenía paredes blancas, donde buenamente se podía escribir con carbones y otras tintas, cada mañana aparecían escritos muchos motes maliciosos, algunos en prosa, otros en verso. Algunos decían que no nos nombráramos conquistadores de la Nueva España sino conquistados por Hernán Cortés; otros decían que no le bastaba tomar buena parte de oro como general sino que lo tomaba como rey; otros escribían: ¡Oh, qué triste está el ánima mea, hasta que el oro no vea! y aun decían palabras que no son para poner en esta relación.

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